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La verdad sobre mantener el contacto después de mudarse al extranjero

Mujer enviando mensaje
projectUA / Envato Elements
Escrito porNatallia Slimaniel 05 Mayo 2026

Mudarse a otro país conlleva muchos costes. Exploramos gran parte de ellos en nuestras guías para vivir en el extranjero. Pero algunos costes son más difíciles de medir y no se hacen evidentes hasta mucho después. Este suele ser el caso de las relaciones que “dejamos atrás” en nuestro país de origen.

La ilusión del "todo seguirá igual"

Muchos expatriados inician su aventura en el extranjero con una creencia muy común, casi como mecanismo de defensa: en el fondo, nada va a cambiar de verdad. Se convencen de que solo se van una temporada, de que seguirán en contacto con familia y amigos, de que se verán con regularidad y de que sus relaciones estarán a salvo. Esta sensación se ha vuelto aún más habitual hoy en día, cuando las redes sociales, las aplicaciones de mensajería y tantas otras herramientas hacen que comunicarse a miles de kilómetros de distancia parezca algo casi sin esfuerzo.

Ahora bien, por mucho que esto sea cierto, las relaciones no quedan congeladas en el tiempo. Más allá de las actualizaciones de estado y los chats de WhatsApp, las personas siguen viviendo su día a día. Y ese día a día puede tener muy poco que ver con el tuyo cuando vivís en países distintos.

La comunicación se va apagando

"Cuando me fui, tenía más de una docena de grupos listos. Uno para la familia, otro para los amigos cercanos, luego había uno para los compañeros de clase que querían saber de mi vida en el extranjero, otro para la familia más lejana... En los primeros meses casi no podía con tantos mensajes. Pero poco a poco fueron apagándose... A veces yo me olvidaba de contar algo durante unos días; otras veces lo contaba y nadie reaccionaba... Ahora solo me quedan dos grupos activos: amigos cercanos y familia. Pero incluso ahí hablamos una o dos veces por semana, nada que ver con todos los días como antes...", cuenta Kiril, un estudiante de intercambio polaco en Japón.

Parece la evolución natural de las cosas. Cuando ves menos a alguien, su vida cotidiana empieza a ocupar menos espacio en la tuya. No porque ya no te importe, ni porque hayas dejado de quererlo. Simplemente porque esa persona ha dejado de formar parte de tu círculo activo. La rutina te absorbe, y las noticias del otro lado del mundo empiezan a parecer menos relevantes y, con el tiempo, menos interesantes.

Las horas importan más de lo que crees

Antes de marcharte, es difícil imaginar cómo algo tan simple como la diferencia horaria puede afectar relaciones que llevas años cultivando. Pero ocurre.

Kasya, una expatriada estadounidense en China, lo explica así: "No tenía ni idea de lo mucho que influía el horario hasta que me mudé. Ahora llevo ocho horas de adelanto respecto a mi familia y amigos. Cuando me pasa algo interesante, quiero contárselo enseguida, y lo hago, pero luego tengo que esperar hasta la mañana para ver su reacción... Lo peor es que me di cuenta de que mi madre revisa cada mensaje que le llega de mi parte, a cualquier hora, aunque sea de madrugada, pensando que puede ser una emergencia. Así que ahora miro el reloj antes de escribir cualquier cosa, pero eso le quita toda la espontaneidad al momento. Para cuando ellos lo leen y podemos hablar, yo ya estoy de vuelta en el trabajo y el momento ha pasado."

Las pequeñas cosas pueden volverse enormes. No poder compartir un momento de alegría o de tristeza con las personas más cercanas te deja con una sensación de soledad muy particular. Y cuando te sientes así, lo más probable es que busques a alguien a tu alrededor a quien acudir en busca de apoyo. Eso, con el tiempo, puede crear distancia con quienes antes eran tus personas más cercanas.

Las experiencias compartidas no son tan compartidas

"Fui la última de mi grupo de amigas en tener un bebé. Para entonces llevaba más de un año viviendo fuera, pero seguía en contacto con la mayoría de mis amigas en casa. Cuando nació el bebé, pensé que nos íbamos a unir todavía más, porque por fin podría compartir esa parte de sus vidas. Pero enseguida me di cuenta de que nuestras experiencias eran completamente distintas. Yo vivía en Tailandia, tenía niñera interna y pasaba mucho tiempo al aire libre. Mis amigas en la República Checa, en cambio, estaban casi siempre en casa y parecían demasiado ocupadas para hablar cuando las buscaba. Lo que yo creía que iba a ser un punto de encuentro se convirtió en una brecha enorme, simplemente porque vivíamos esa experiencia de formas muy diferentes. Acabé integrándome en un grupo de madres local. Con mis amigas de allá nos escribimos de vez en cuando", cuenta Anya, una expatriada checa en Tailandia.

Esta es otra dificultad con la que algunos expatriados se topan: la trampa del "igual pero diferente". La realidad es que muchas de nuestras experiencias vitales son muy parecidas: el colegio, la universidad, el trabajo, a veces el matrimonio y los hijos. Pero lo que solemos descubrir solo al mudarnos al extranjero es que esas mismas experiencias pueden tener caras muy distintas según dónde y cómo se vivan. En ese caso, aunque técnicamente sean experiencias compartidas, también generan distancia. Sencillamente, no estás viviendo lo mismo que los demás, y cuanto más intentas conectar con ellos desde ahí, más grande puede hacerse esa brecha.

Tú mismo te conviertes en otra persona

Mudarse al extranjero es una de las experiencias que más transforman a una persona, en todos los sentidos. Afecta a cada aspecto de tu vida y, quieras o no, lo más probable es que cambies. Esos cambios pueden ser difíciles de explicar a quienes se quedaron, porque ellos no habrán pasado por lo mismo.

"Cada vez que vuelvo a casa, siento que tengo que sacar del armario a la versión de mí misma de hace cinco años y ponérmela como disfraz. Mis amigos, e incluso parte de mi familia, esperan encontrar exactamente a la misma persona. Pero la verdad es que el tiempo ha pasado, vivo en otro país, hablo otro idioma, tengo un trabajo nuevo, amigos nuevos... todo en mi vida es diferente. Y allá, me parece que les cuesta mucho aceptarlo", explica Kasya.

La cultura marca destinos distintos

En algunos países, las tradiciones y las normas culturales prácticamente "dictan" el camino que se espera que sigas. En otros, tienes mucho más margen para decidir. Cuando te vas de uno a otro, algo importante se pierde: la manera en que concebías tu propio futuro. Como lo expresa Hadija, una expatriada argelina en Canadá: "Crecí en Argelia. Mi familia es bastante tradicional y, en general, en mi región se espera que las mujeres se casen y tengan hijos antes de cierta edad. Me fui al extranjero para estudiar; a mis padres no les hacía gracia, pero aceptaron porque iba a sacar una buena carrera. Sin embargo, decidí quedarme aquí y construir mi vida profesional. Sigo en contacto con mis amigos y visito a la familia con regularidad. Pero tenemos muy poco de lo que hablar. Nos tratamos con cariño y nos interesamos por las vidas del otro, pero todos mis hermanos y amigos están casados, tienen familias numerosas, y noto que no entienden mis decisiones. Simplemente prefieren no preguntar para no generar conflictos. Y a mí eso me parece que no les interesa mi vida, solo porque no se parece a la suya."

El "ponerse al día" se vuelve agotador

Una vez que la novedad de vivir en el extranjero se va diluyendo, puede que empieces a notar que muchas conversaciones con tus amigos de allá siguen el mismo patrón. Casi siempre arrancan con un simple "¿Qué hay de nuevo?". Pero ¿cómo contestas eso cuando todo a tu alrededor es nuevo? ¿Cómo resumes un día cargado de experiencias en otro país en una sola frase? Y, más aún, ¿cómo explicas las cosas que aquí funcionan de manera diferente?

Suelo compartir experiencias personales en mis artículos, y esta me toca especialmente de cerca. Cuando me mudé a China, tenía muchas ganas de contarles a mis amigos cómo era todo por aquí. Pero pronto se volvió complicado. Cuando alguien me hacía una pregunta sencilla sobre el trabajo, tenía que meterme en explicaciones interminables sobre las dinámicas de las oficinas aquí, porque si no, mi respuesta no tenía ningún sentido. Pero mientras intentaba cubrir cada detalle, la naturalidad de esas conversaciones cotidianas se iba perdiendo. Llegué a suspirar cada vez que tenía que explicar algo de nuevo. Y notaba que mis amigos también estaban perdiendo el hilo de mis "clases magistrales": ellos también querían simplemente charlar conmigo, como antes.

Aunque también cabe preguntarse: ¿el distanciamiento en las relaciones de allá se debe únicamente a que nos fuimos? ¿O la mudanza no hace más que acelerar algo que, de todos modos, habría terminado pasando?

Como señala un usuario en Reddit: "No hay manera de evitarlo: nos hemos ido distanciando. Vivimos en entornos distintos, tenemos experiencias diferentes, cada vez tenemos menos cosas en común. Solo le atribuyo una parte de ese distanciamiento a mi emigración. Algo de deriva ocurre incluso cuando alguien se muda a otra ciudad, y otra parte pasa simplemente porque la gente se enfoca en su trabajo, en intereses distintos, forma su propia familia. Así que no me angustio por eso. Me gusta mi vida aquí. Les deseo lo mejor a las personas que dejé atrás, aunque ya no seamos tan cercanos como lo habríamos sido si me hubiera quedado."

Vida de cada día
Sobre

Natallia tiene una licenciatura (con honores) en Lengua Inglesa e Interpretación Simultánea y trabajó como escritora y editora para varias publicaciones y canales de medios en China durante diez años.

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