
Hace apenas unos años, vivir en una gran ciudad se asociaba con el éxito. Y lo mismo ocurría con mudarse a una. Muchos expats, a la hora de reubicarse, también se sentían atraídos por las grandes urbes por esa misma razón. Pero las cosas parecen estar cambiando. Si nos fiamos de las redes sociales (y sí, esto es muy discutible), hoy en día mucha gente prefiere, si tiene elección, alejarse del ruido de las grandes ciudades. Las comunidades más pequeñas y sostenibles empiezan a abrirse camino.
Por qué las megaciudades tienen cada vez peor fama
Muchas ciudades pueden considerarse "grandes", pero una megaciudad es otra cosa. En términos estrictamente lingüísticos, se trata de una ciudad con más de diez millones de habitantes. Sin embargo, megaciudades modernas como Yakarta, Daca o Delhi albergan a decenas de millones de personas: 41,9, 36,6 y 30,2 millones, respectivamente. Yakarta es la ciudad más poblada del mundo. Para hacerse una idea de lo que eso significa: es como si cinco Suizas enteras vivieran en el mismo lugar.
Y en países en vías de desarrollo como Indonesia, Bangladés e India, esa realidad se traduce en una grave falta de infraestructuras.
Las ciudades, sencillamente, no pueden seguir el ritmo de sus propios habitantes. Los servicios básicos están desbordados, la congestión es crónica y los desplazamientos al trabajo se vuelven absurdamente largos. El resultado es una calidad de vida que no para de deteriorarse.
El ejemplo más evidente es Yakarta, hoy en día una de las ciudades más congestionadas del mundo. En Daca, la urbanización descontrolada ha dejado a grandes asentamientos informales sin un suministro de agua fiable. Los barrios marginales de Bombay son ya tristemente célebres, y también son consecuencia directa de la brutal densidad de población que soporta la ciudad.
Estos son los casos más extremos de los problemas que afectan a las megaciudades. Ahora bien, pocos expatriados se trasladan a Bombay o a Daca. Pero sí que lo hacen a Ciudad de México, que alberga a 22 millones de personas. A primera vista, la ciudad ofrece una calidad de vida envidiable y todo lo que muchos expatriados buscan: buen clima, playas soleadas, gastronomía, arte... Pero su tráfico es de los peores del mundo. Recorrer distancias cortas puede llevarte horas. A eso hay que sumarle la contaminación del aire y los problemas de abastecimiento de agua.
Manila, una ciudad de 14 millones de habitantes, arrastra problemas similares. Es un gran centro de negocios internacionales, pero su sistema de transporte está completamente superado por el volumen de su población. Los atascos en Manila son de los que hacen historia. Si a eso le añadimos unas aceras que en muchos casos directamente no existen, moverse por la ciudad se convierte en toda una odisea. Para los expatriados, esto suele significar elegir muy bien el barrio donde vivir para no pasar horas y horas en desplazamientos.
En El Cairo, con más de 20 millones de habitantes, los retos urbanos son aún más profundos. El crecimiento demográfico ejerce una presión enorme sobre la vivienda, el saneamiento y el medioambiente. Como los precios inmobiliarios están fuera del alcance de gran parte de la población, los asentamientos informales no paran de expandirse. Para los expatriados, esto genera una sensación constante de contraste: la urbanización cerrada y ordenada donde viven puede resultar muy agradable, pero en cuanto uno se adentra en la ciudad, la brecha entre riqueza e infraestructuras te sale al paso en cada esquina.
La ciudad más grande de América del Sur es São Paulo, con 23 millones de personas. Aquí, la alta densidad de población también ha generado una profunda desigualdad. Vivir en ciertos barrios garantiza una calidad de vida excelente: acceso a la cultura, restaurantes, sanidad, calles limpias y bien organizadas... Pero en otros barrios uno no se siente seguro al caer la noche, el hacinamiento y la contaminación son evidentes y los servicios públicos fallan con demasiada frecuencia.
¿Y las megaciudades de los países desarrollados?
Es comprensible que las grandes ciudades de los países en vías de desarrollo tengan dificultades: a veces simplemente no hay recursos suficientes para absorber el crecimiento de la población. Pero en los países que consideramos desarrollados, las grandes ciudades tampoco están saliendo bien paradas.
Aquí los problemas no tienen que ver con la falta de acceso a los servicios, que en muchos casos abundan. Lo que agobia a sus habitantes es algo diferente: el estrés, el agotamiento y unos precios de vida cada vez más insostenibles.
Los Ángeles, una ciudad de 3,88 millones de habitantes, parece haber agotado su espacio habitable. Su problema es difícil de plasmar en estadísticas: le faltan espacios por los que simplemente pasear y estar. Aunque la ciudad es enorme, está formada en su mayor parte por autopistas y zonas comerciales desperdigadas.
Centros comerciales, oficinas, barrios residenciales, gimnasios y colegios están físicamente separados por vías rápidas que nadie cruza a pie. Para ir de un sitio a otro, necesitas coche. Y cuando una ciudad está diseñada para la comodidad de los vehículos y no de las personas, los problemas no tardan en aparecer. La congestión es uno de ellos. Pero hay también un problema más difícil de cuantificar: el de una ciudad que obliga a sus habitantes a encerrarse en sus coches y a vivir aislados.
Mudarse a Los Ángeles desde prácticamente cualquier ciudad europea supone inevitablemente un choque cultural. Olvídate de ir al trabajo en bici o de acceder fácilmente al transporte público. Si consigues coger un autobús, es probable que la experiencia te decepcione bastante. En pocas palabras: si no tienes coche en Los Ángeles, tu experiencia de la ciudad será muy limitada.
La escasez de vivienda es otro problema de primer orden. Los precios inmobiliarios son astronómicos, lo que no solo expulsa a buena parte de la clase media de la ciudad, sino que también ha generado una de las crisis de personas sin hogar más visibles del mundo desarrollado. Solo en la ciudad de Los Ángeles, cerca de 45 000 personas viven en situación de calle.
El deterioro de la calidad del aire, las sequías recurrentes, el riesgo de incendios forestales... Todo ello hace que Los Ángeles resulte cada vez menos atractiva para vivir. Y la gente está tomando nota. Tras la pandemia, Los Ángeles fue escenario de uno de los movimientos migratorios internos más llamativos del país: más de 200.000 residentes abandonaron la ciudad en busca de zonas con un coste de vida más bajo. La tendencia continúa hoy en día, y los destinos más elegidos por los que dejan Los Ángeles son Austin, Houston, Phoenix y otras ciudades.
En Londres, la gran crisis también gira en torno a la vivienda. Los precios de compra y de alquiler han subido tanto que incluso profesionales de clase media bien asentados empiezan a sentir que no llegan. Un simple trayecto en metro desde las zonas periféricas hasta el centro de Londres puede costar alrededor de 5,80 libras en hora punta (aproximadamente 6,50 €).
Al elevado coste de vida se suma ahora la preocupación por la seguridad. Las agresiones con arma blanca, los robos de móviles y los hurtos se han vuelto más frecuentes. La tasa de criminalidad en la ciudad ronda los 106,4 delitos por cada 1 000 habitantes, una tendencia claramente al alza respecto a la década anterior. Y aunque para muchos londinenses la ciudad sigue siendo una fuente de oportunidades, el precio de esas oportunidades se está volviendo insostenible para una parte importante de su población.
Tomemos París como otro ejemplo. La ciudad más romantizada del mundo lidia en silencio con una buena cantidad de problemas. Uno de ellos es la rigidez. Las estrictas normativas urbanísticas frenan la construcción de nuevas viviendas, lo que dispara los precios de compra y de alquiler y obliga a muchas personas a abandonar la ciudad. Muchas familias se ven viviendo en apartamentos pequeños o haciendo largos desplazamientos diarios desde municipios del extrarradio. Las huelgas frecuentes, las interrupciones del transporte y los servicios masificados también tienen un impacto considerable en la vida cotidiana.
Hong Kong es otro ejemplo de lo que ocurre cuando una gran ciudad se queda sin espacio. La ciudad ocupa apenas 1 106 kilómetros cuadrados, pero alberga a cerca de 7,4 millones de personas. Sobre el papel, esto ya la convierte en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo. Pero en la práctica, la situación es aún más extrema: cerca del 75% del territorio de Hong Kong está sin urbanizar, ya que se trata de montañas, parques naturales o embalses protegidos. Eso convierte a Hong Kong en un destino de senderismo excepcional, pero también significa que su enorme población queda comprimida en un área minúscula. El espacio medio de vivienda por persona en la ciudad ronda los 15 metros cuadrados, menos de la mitad de lo que ofrece una ciudad europea típica. Y la situación es aún más dura para las personas con menos recursos: cientos de miles de personas viven en los llamados "pisos subdivididos", donde un apartamento ya de por sí pequeño se divide en varias microunidades. Algunas de ellas pueden tener apenas entre 6 y 9 metros cuadrados por persona. Y ahí está la gran paradoja de Hong Kong: es una de las ciudades más ricas del mundo, pero cuenta con uno de los mercados de vivienda menos asequibles del planeta.
Vivir con calma: por qué las grandes ciudades están perdiendo adeptos
Pero más allá de las estadísticas alarmantes, probablemente hay una razón de fondo más poderosa por la que muchas personas, incluidos los expatriados, están replanteándose su vida en las grandes ciudades. El trabajo en remoto y los modelos híbridos han reducido silenciosamente la necesidad de vivir en una gran ciudad para tener buenas perspectivas profesionales. Cada vez más empresas de renombre también están viendo las ventajas de establecerse en ciudades más pequeñas, abriendo sedes en los lugares donde sus empleados prefieren vivir, y de paso beneficiándose de unos alquileres mucho más bajos. Por eso, los sacrificios que antes la gente estaba dispuesta a asumir a cambio de sueldos más altos (el tráfico, la contaminación, el estrés, la inseguridad, el alto coste de vida) han dejado de ser sacrificios inevitables para convertirse en algo perfectamente evitable.
También estamos saliendo poco a poco de la era del "triunfador a cualquier precio", esa en la que se nos animaba a apostarlo todo por el éxito económico y profesional: levantarse a las cuatro de la mañana, llegar el primero a la oficina, irse el último, y vuelta a empezar. La productividad y la eficiencia lo eran todo, y las grandes ciudades encajaban a la perfección con ese modelo. Pero ahora muchas personas prestan atención a otras dimensiones de la vida. Un artículo de The Economist lo define como un "reequilibrio": la gente valora ahora más la habitabilidad que la concentración de oportunidades. Las comunidades pequeñas y sostenibles son las grandes beneficiarias de esta tendencia. Y las megaciudades parecen haberse convertido en víctimas de su propia escala.
¿Existen grandes ciudades que funcionen bien?
Claro que sí. A pesar del discurso cada vez más extendido de que las grandes ciudades están sobrevaloradas, todavía hay núcleos urbanos importantes que ofrecen una alta calidad de vida. Basta con echarle un vistazo al Índice de Habitabilidad Global 2025 de la Unidad de Inteligencia de The Economist, que evalúa precisamente eso: la habitabilidad de las ciudades, teniendo en cuenta factores como la estabilidad, el acceso a la sanidad, la oferta cultural, la educación y las infraestructuras, entre otros.
El primer puesto del índice es para Copenhague, algo que no sorprende demasiado si se tiene en cuenta que el 62% de sus habitantes va al trabajo en bicicleta. Sí, Copenhague es también la ciudad más cicloamigable del mundo. En general, cada vez que se habla de sostenibilidad y de un urbanismo equilibrado, Copenhague aparece en la conversación. La ciudad es reconocida por haber desarrollado infraestructuras pensadas para las personas, con un transporte público fiable y una estructura de barrios muy cuidada.
Viena y Zúrich le siguen de cerca. Viena destaca por sus precios de vivienda asequibles y los alquileres estables, especialmente para tratarse de una gran capital de la UE. Zúrich, aunque considerablemente más cara, ofrece unos estándares públicos excelentes: las calles están limpias, el transporte funciona con puntualidad y a pocos minutos del centro de la ciudad se accede a una naturaleza de una belleza impresionante.
Fuera de Europa, Osaka y Auckland demuestran que una alta densidad de población no tiene por qué equivaler al caos. Osaka es conocida por la eficiencia de su transporte público y una gestión urbana muy cuidadosa. Auckland, aunque con una estructura geográfica muy dispersa, ocupa puestos altos en el ranking gracias a su fácil acceso a zonas verdes y a una apuesta firme por el medioambiente.
Ámsterdam, Helsinki y Singapur también destacan en la clasificación. Las dos primeras lo hacen gracias a la cohesión social, la confianza en las instituciones y unos sistemas de bienestar sólidos. Singapur es un caso algo distinto. Se la considera una ciudad estricta, conocida por sus fuertes multas por tirar basura en la calle o incluso por mascar chicle. Pero lo cierto es que la ciudad es extraordinariamente limpia y está comprometida con una planificación urbana funcional a largo plazo.
Cuándo mudarse a una gran ciudad está sobrevalorado, y cuándo no
Intentemos sacar algunas conclusiones. Mudarse a una gran ciudad está probablemente sobrevalorado cuando el coste de acceso supera lo que obtienes a cambio en términos de oportunidades. Si puedes conseguir un sueldo similar y una visibilidad profesional parecida en un lugar más pequeño, tendrás prácticamente las mismas ventajas sin el estrés ni los gastos que conlleva vivir en el centro neurálgico de una gran ciudad.
Vivir en una gran ciudad tampoco tiene mucho sentido si no te ofrece una buena calidad de vida cotidiana, sea lo que sea lo que eso signifique para ti. Puede ser un trayecto al trabajo interminable, un transporte público masificado, la falta de espacio para vivir, una inseguridad creciente... O simplemente las ganas de llevar un ritmo de vida más tranquilo y menos frenético. Si una gran ciudad deja de emocionarte y empieza a agotarte, puede que sencillamente no sea el lugar para ti.
Para los expatriados en particular, las grandes ciudades pueden estar sobrevaloradas cuando ofrecen pocas posibilidades de integrarse de verdad en la vida local. Los grandes centros internacionales son, sin duda, más cómodos. Pero también facilitan demasiado quedarse dentro de la burbuja expat sin llegar a conocer jamás la vida "de verdad".
Dicho esto, a veces una gran ciudad es la elección correcta. Esto ocurre casi siempre cuando las oportunidades dependen de verdad de la proximidad física. Ciertos sectores siguen tendiendo a concentrarse en determinados lugares: Hong Kong para las finanzas, Shenzhen para la tecnología, París o Nueva York para la moda... Ya se entiende la idea. Si estás en una etapa temprana de tu carrera, una gran ciudad puede ofrecerte oportunidades que difícilmente encontrarás en otro sitio, en casi cualquier campo. Tu presencia física puede ser un valor en sí mismo. Además, te beneficiarás de esa enorme concentración de profesionales, mentores potenciales, colaboradores y emprendedores.
Las grandes ciudades también tienen sentido cuando están bien gestionadas. Como demuestran los índices de habitabilidad, el tamaño no tiene por qué significar caos. Si el transporte público funciona, si el alquiler es razonable, si tienes parques y zonas verdes cerca, si puedes pasear tranquilamente por la calle al anochecer, vivir en una gran ciudad puede ser realmente un placer.
Y por último, una gran ciudad, o incluso una megaciudad, no está en absoluto sobrevalorada si lo que buscas es intensidad. Hay personas a quienes les encanta ese ritmo, ese ruido, ese caos... A veces, y en ciertas etapas de la vida, eso es exactamente lo que te hace sentir vivo.



















