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Por qué vivir en el extranjero puede hacerte dudar de ti mismo

mujer estresada
drazenphoto / Envato Elements
Escrito porElodie Sengel 11 Marzo 2026

Enhorabuena. Has decidido expatriarte. Solo, en pareja o en familia, irse a vivir al extranjero es a menudo un acto de valentía, a veces largamente soñado. Pero detrás del entusiasmo de la partida, muchos expatriados viven una experiencia más silenciosa: la sensación de no ser legítimos, de no merecer su lugar, y la impresión de que los demás sobrevaloran sus capacidades. El miedo a que algún día descubran que no estás "a la altura". Este sentimiento tiene nombre: el síndrome del impostor. 

En consulta, me encuentro regularmente con expatriados que viven esta experiencia. Lejos de su país, de su idioma, de sus referencias habituales, algo puede tambalearse. No es una debilidad. Es, con frecuencia, una reacción profundamente humana ante un cambio radical.

¿En qué consiste exactamente el síndrome del impostor?

Quizás te reconoces en estos pensamientos:

  • Has «triunfado»… pero crees que ha sido gracias a la suerte;
  • Minimizas tus capacidades;
  • Temes que te «descubran»;
  • Te dices: «No estoy a la altura», «No merezco estar aquí»;
  • Incluso cuando te felicitan, algo dentro de ti no termina de creérselo.

A quienes viven esto les cuesta reconocer sus propios logros. Aunque reciban elogios o un reconocimiento objetivo, algo en su interior les impide aceptarlo.

Una mirada psicológica sencilla

El enfoque psicoanalítico no solo permite dar nombre a este sentimiento de impostura, sino comprenderlo como una tensión entre lo que uno es y lo que cree que debería ser. A menudo, este sentimiento está ligado a una autoestima frágil, a un antiguo miedo al juicio ajeno, a un ideal interior muy exigente y a una necesidad profunda de reconocimiento.

Desde el punto de vista psicoanalítico, estas dudas pueden remitir a estructuras más antiguas:

  • El narcisismo: la dificultad para reconocer el propio éxito, frecuentemente bloqueada por ideales internos o externos demasiado exigentes;
  • El miedo al fracaso: no solo personal, sino simbólico, vinculado a lo que uno representa para sus seres queridos o a lo que uno mismo esperaba de su vida;
  • La vergüenza arcaica, ese sentimiento primordial de ser fundamentalmente imperfecto, que puede activarse en situaciones nuevas donde uno se siente expuesto (un idioma extranjero, una competencia cultural o social que se percibe como menor).

Estas dinámicas no son patológicas en sí mismas, pero cuando toman el control, pueden resultar agotadoras y hacer que la expatriación sea más dolorosa, más angustiante y más aislante.

Este sentimiento de impostura fue descrito por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes. Observaron que personas perfectamente competentes y reconocidas seguían convencidas de no merecer su éxito. Según sus investigaciones, esta duda suele echar raíces pronto en la vida: en contextos donde el valor personal estaba fuertemente ligado al rendimiento, o donde uno se sintió insuficientemente reconocido.

Hoy en día, los profesionales de la psicología hablan más bien de experiencia de impostura. No es una enfermedad. Y no dura toda la vida. Alrededor del 70 % de las personas lo vivirían al menos una vez, especialmente en períodos de transición. Así que estás muy lejos de ser el único o la única. Y, sobre todo: tienes todo el derecho a sentir esto.

¿Por qué la expatriación favorece este sentimiento?

Porque todo cambia a tu alrededor: el idioma, los códigos sociales, las formas de trabajar, el humor, las referencias culturales… Por muy competente que seas, puedes sentirte de repente torpe, lento o «fuera de lugar», y es simplemente porque tus puntos de referencia desaparecen. En tu país de origen sabías quién eras. Dominabas el idioma, las reglas implícitas y tenías claro cuál era tu lugar. En el extranjero, esos referentes se desmoronan. Y cuando los pilares externos se mueven, la identidad puede tambalearse. La mirada de los demás puede volverse muy presente, o demasiado, (compañeros de trabajo, responsables, otros expatriados, familia que se quedó en casa…), y puedes sentir una presión implícita: «Tengo que triunfar. No puedo permitirme fallar.». Sientes que tienes mucho que perder. En una expatriación profesional, a veces uno se pregunta si realmente merece ese puesto, ese salario, esa oportunidad. Esta duda puede llevar a algunas personas a esforzarse cada vez más… a veces hasta el agotamiento. La expatriación actúa como un amplificador. Saca a la luz lo que ya estaba ahí, de forma más discreta.

¿En qué momentos aparece con más frecuencia?

Estos son algunos momentos del proceso de expatriación en los que estos sentimientos pueden intensificarse, junto con las emociones típicas que los acompañan y sus posibles efectos:

Antes de la partida

Emoción mezclada con angustia, miedo a no estar a la altura

Procrastinación, cuestionamiento del proyecto

Durante la instalación

Dudas, sentimiento de impostura con el idioma, en el trabajo, en las relaciones sociales

Aislamiento, agotamiento, necesidad de trabajar más que los demás, desvalorización constante

Después de algunos meses

Comparación permanente con los nativos o con expatriados anteriores

Perfeccionismo excesivo, cansancio, estrés, ansiedad

Proyectos profesionales / lanzamiento de una actividad

Miedo a exponerse, al fracaso, al juicio ajeno, temor a no estar a la altura de las expectativas

Procrastinación por miedo a fallar, estancamiento, miedo a lo que piensen los demás

Regreso o grandes cambios de situación

Sensación de identidad difusa, nostalgia, miedo a dejar de «ser» quien uno era

Dificultad de adaptación, sensación de extrañeza ante uno mismo

¿Es algo específicamente femenino? En realidad, no.

Se suele pensar que el síndrome del impostor afecta sobre todo a las mujeres. Sin embargo, los estudios más recientes muestran que los hombres lo padecen en igual medida.

La diferencia radica principalmente en cómo se expresa la duda. Muchos hombres aún tienen dificultades para reconocer sus propias fragilidades en un modelo donde se espera de ellos solidez y seguridad. Las mujeres, en cambio, hablan con más facilidad de sus inseguridades, lo que da la impresión de que son ellas quienes más lo sufren.

En la sociedad actual, las mujeres también soportan una presión particular: triunfar profesionalmente, ser autónomas y eficientes, sin permitirse nunca fallar. Este clima, a veces denominado feminismo neoliberal, refuerza una exigencia interior muy intensa. Muchas son extraordinariamente duras consigo mismas, raramente satisfechas, y la comparación entre mujeres puede acentuar ese sentimiento de no hacer nunca lo suficiente.

Pero en el fondo, el síndrome del impostor no es una cuestión de género. Habla, sobre todo, de nuestra relación con el éxito, con la mirada ajena y con el ideal de perfección que nuestra época tanto valora.

¿Qué puedes hacer de forma concreta?

Aquí van algunas pautas sencillas que a veces comparto en consulta:

  • Poner palabras a lo que sientes. Nombrar la duda ya es un primer paso para que resulte menos abrumadora.
  • Limitar las comparaciones. Cada persona vive la expatriación a su propio ritmo.
  • Reconocer tus pequeños logros. Incluso los que te parecen insignificantes.
  • Aceptar que no puedes controlarlo todo. No entender, equivocarse, aprender: es parte del proceso.
  • Hablar con otros expatriados. Descubrirás que este sentimiento está mucho más extendido de lo que imaginas.
  • Buscar acompañamiento si lo necesitas. Un espacio terapéutico permite explorar estas dudas en profundidad y fortalecer tu equilibrio interior.

El síndrome del impostor puede ser agotador, difícil de llevar y generar síntomas que complican el día a día. Más que un enemigo al que combatir, puede ser una señal que merece ser escuchada. En el contexto de la expatriación, puede convertirse en una llave para comprender qué está en juego en nuestra identidad, en nuestra relación con los demás y en nuestro deseo de reconocimiento. Con tiempo, con amabilidad hacia ti mismo y, a veces, con el apoyo adecuado, esta duda puede transformarse en una oportunidad valiosa: la de aprender a reconocerte a ti mismo más allá de la mirada de los demás, y a habitar plenamente tu lugar, aunque estés lejos de casa.

Vida de cada día
Sobre

La psicóloga Elodie Seng, de orientación psicoanalítica, está especializada en el acompañamiento de personas expatriadas, tanto niños como adultos. Su trabajo se basa en un enfoque integrativo, lo que significa que adapta sus herramientas y referencias terapéuticas a cada persona. Este método le permite combinar diferentes enfoques para ofrecer un espacio a medida, centrado en las necesidades de cada individuo, su propio ritmo y su singularidad, dentro de un marco confidencial y de escucha atenta y respetuosa.

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