Irse a vivir al extranjero suele asociarse con la ilusión de empezar una nueva etapa: una nueva ciudad, otro idioma, nuevos encuentros y, a veces, un nuevo trabajo o unos nuevos estudios. Uno se imagina todo lo que va a cambiar, lo que va a descubrir, la vida que espera construir. El regreso al país de origen también puede vivirse con expectativa. Uno se imagina reencontrando referencias conocidas, acercándose a la familia, simplificando ciertos trámites o recuperando una sensación de familiaridad.
Ya sea para marcharte o para regresar, cambiar de país nunca consiste solo en cambiar de dirección. De golpe, desaparece gran parte de lo que estructuraba el día a día: los trayectos que uno conocía de memoria, los comercios de siempre, los vecinos, los sonidos de la calle, la luz, los códigos sociales, la manera de organizar las jornadas.
Incluso cuando la transición es deseada, es normal experimentar emociones contradictorias. La ilusión puede convivir con el cansancio, la curiosidad con la nostalgia, las ganas de abrirse a los demás con la necesidad de protegerse.
En estos períodos, la vivienda puede convertirse en mucho más que un lugar donde dormir. Puede ofrecer un punto de anclaje, un espacio en el que no sea necesario adaptarse constantemente.
Cuando todo lo que era automático exige de repente un esfuerzo
Instalarse en un nuevo país obliga a reaprender una multitud de gestos cotidianos.
Hay que entender dónde hacer la compra, cómo moverse, cómo funcionan el colegio, la universidad o la administración. A veces hay que aprender un idioma, descifrar las costumbres, observar cómo se saludan las personas, cómo se reciben, cómo ocupan el espacio público o cómo mantienen las relaciones de vecindad.
Incluso el entorno sensorial puede cambiar de forma profunda. Una ciudad densa y ruidosa puede desestabilizar a alguien acostumbrado a la tranquilidad. Una casa aislada puede pesar sobre quien siempre ha vivido en el corazón de una cuidad. El clima, la luminosidad, los olores, las distancias o la arquitectura también influyen en cómo nos sentimos.
Al principio, estas diferencias forman parte de la aventura. Pero cuando los trámites se acumulan, cuando los referentes sociales tardan en construirse o cuando el agotamiento hace acto de presencia, pueden volverse más difíciles de asimilar.
La vivienda es entonces uno de los pocos espacios sobre los que uno puede actuar directamente.
No resuelve las dificultades de integración. No sustituye ni los encuentros, ni el aprendizaje del idioma, ni el descubrimiento del país. Pero puede ofrecer una base estable desde la que todo eso se vuelve más llevadero. Por eso merece pensarse con cuidado desde el primer momento: no como un simple decorado, sino como un lugar capaz de sostener el día a día.
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La necesidad de echar raíces no es solo cosa de familias
Cuando se habla de reconstruir referentes, es fácil pensar en familias con hijos. Sin embargo, esta necesidad también afecta a estudiantes, personas solteras y parejas.
Un estudiante puede llegar lleno de entusiasmo y descubrir, pocas semanas después, la soledad de una habitación impersonal. Una persona expatriada por motivos laborales puede pasar el día adaptándose a un entorno profesional exigente y encontrar al volver por la noche una vivienda que no le transmite ninguna sensación de descanso. En una pareja, cada uno puede vivir la experiencia a un ritmo distinto. En una familia, los hijos pueden adaptarse rápidamente mientras uno de los padres lucha por encontrar su lugar, o al revés.
Fuera, todo puede requerir atención: comprender, observar, traducir, orientarse, causar buena impresión. En casa, se vuelve necesario poder soltar ese esfuerzo.
Sentirse en casa no significa estar desconectado del país de acogida. Significa disponer de un espacio en el que el cuerpo y la mente puedan recuperar el aliento.
Crear continuidad, sin reproducir el pasado
Al llegar a un nuevo lugar, puede surgir la tentación de recrear exactamente lo que uno conocía antes. Sin embargo, la nueva vivienda tiene su propia luz, sus propias proporciones, sus limitaciones y su entorno particular.
No se vive igual en una casa con jardín, en un apartamento en el centro, en un alquiler amueblado o en una habitación de estudiante. Querer reproducir el marco anterior puede reforzar la comparación y el sentimiento de pérdida.
Crear continuidad es algo distinto.
Se trata de entender qué era lo que, en la vivienda anterior, contribuía realmente al bienestar. ¿Era un color? ¿Una manera de instalarse para leer? ¿Una mesa grande alrededor de la cual uno se reunía? ¿La posibilidad de tomar un café en el exterior? ¿Una luz suave por las tardes? ¿Algunos objetos familiares?
Estos elementos pueden trasladarse en muchos casos, incluso cuando el lugar es muy diferente.
El objetivo no es negar el cambio, sino conservar algunos referentes lo suficientemente sólidos como para poder recibirlo.
Sentirse en casa no depende de una decoración completa ni de un presupuesto elevado. Unos pocos elementos bien elegidos pueden bastar para transformar profundamente la percepción de un lugar.
Elegir algunos objetos con significado
Una fotografía, un libro, una taza, un tejido, una lámpara o una pequeña obra pueden crear un vínculo inmediato con una historia o una sensación familiar.
No se trata de exponer todos los recuerdos. Una acumulación puede mantener la vivienda anclada en el pasado e impedir que la nueva vida encuentre su lugar. Unos pocos objetos significativos, bien integrados en el espacio, suelen cumplir mejor su función.
Crear un rincón de descanso
Incluso en espacios pequeños, conviene identificar un lugar asociado al reposo o a la reconexión con uno mismo.
Puede ser un sillón junto a una ventana, un rincón del sofá, una mesa en un balcón o unos cojines en el suelo. Lo importante es asociarlo a una actividad que haga bien: leer, tomar un café, escribir, escuchar música o llamar a los seres queridos.
Los textiles son especialmente eficaces para hacer un lugar más acogedor. Una alfombra, una manta, unos cojines o unas cortinas pueden calentar visualmente una habitación, suavizar su acústica y restar el carácter impersonal de un alquiler.
Usar el color como hilo conductor
El color puede aportar calma, dar calidez a un espacio demasiado blanco o crear coherencia entre objetos procedentes de universos muy distintos.
No siempre es necesario pintar. El color puede introducirse a través de la ropa de cama, una alfombra, unos cojines, un póster o los objetos del día a día.
Una paleta de dos o tres tonos suele ser suficiente para dar una dirección al conjunto de la vivienda. También puede evocar discretamente un lugar querido: un azul asociado a un paisaje, un tono tierra que recuerda a una ciudad, un verde que evoca un jardín.
Proteger el sueño
Los períodos de expatriación o de regreso suelen alterar el sueño: cambio de huso horario, cansancio, trámites, ruidos desconocidos o preocupaciones relacionadas con la instalación.
El dormitorio merece, por tanto, una atención especial. Una luz cálida, una ropa de cama agradable, un espacio despejado y pocos objetos alrededor de la cama contribuyen a crear un ambiente más tranquilo.
También es preferible evitar acumular en él las cajas que aún no han encontrado su sitio. Dormir rodeado de cosas pendientes mantiene visualmente la sensación de estar de paso.
Empezar por observar los propios hábitos
Al llegar a una nueva vivienda, a menudo se tiene prisa por comprar lo que falta. Sin embargo, es más útil empezar por observar cómo se vive realmente en el espacio.
¿Dónde se dejan las llaves? ¿Dónde se acumulan las bolsas? ¿En qué zona se trabaja? ¿Dónde se come? ¿Qué objetos se usan a diario? ¿Qué rincón se desordena enseguida?
Una entrada funcional puede aportar más estabilidad que un nuevo objeto decorativo. Un rincón para comer agradable puede favorecer los momentos compartidos. Un espacio de trabajo claramente delimitado ayuda a separar la vida profesional de la personal. Un lugar sencillo para los papeles administrativos evita que los trámites de la expatriación invadan toda la vivienda.
La sensación de confort se construye a menudo a partir de detalles muy concretos.
La vivienda, un refugio desde el que abrirse al exterior
Crear un interior protector no significa replegarse sobre uno mismo. La vivienda no debería convertirse en un refugio que encierra, sino en un lugar que permite recuperar energía.
Cuando uno sabe que dispone de un espacio donde descansar y reencontrar sus referentes, resulta más fácil salir, relacionarse, descubrir y aceptar lo desconocido.
La expatriación también se juega, por tanto, en gestos muy ordinarios: deshacer una caja, colocar una lámpara, reencontrarse con un objeto querido, preparar una comida o sentarse en un rincón familiar.
A veces no hace falta mucho para que empiece a crearse un vínculo con un lugar: algunos referentes elegidos con cuidado, una organización adaptada a los propios hábitos, un color que une, textiles que dan calidez y un dormitorio en el que el cuerpo pueda descansar de verdad.
La vivienda no lo resuelve todo. Pero cuando se convierte en un punto de anclaje, ofrece una base desde la que resulta más fácil hacer de lo ajeno, poco a poco, un nuevo hogar.
Je suis la maman de 2 enfants agés de 10 et 6 ans. Je suis revenue il y a peu d'une expatriation de 10 ans en Turquie. Je regrette beaucoup Istanbul pour son côté éclectique et sa douceur mediterrannéenne. Mais je suis aussi heureuse de me retrouver dans un cadre naturel verdoyant et magnifique. J'ai quitté la grande ville pour une vie davantage tournée vers la nature. Dès que je peux, je retourne passer quelques jours en Turquie pour refaire le plein de cette énergie orientale qui me manque tant.