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Mudarse al extranjero por la educación de los hijos: una nueva realidad

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educación en el extranjero© KostiantynVoitenko / Envato Elements

Cambiar de barrio para acercarse a una buena escuela es una decisión bastante habitual. Pero algunas familias dan un paso más: llegan incluso a cambiar de país. Este fenómeno, aún minoritario pero cada vez más visible, se conoce a veces como «expatriación educativa». Designa aquellas situaciones en las que los padres deciden instalarse en el extranjero principalmente para ofrecer a sus hijos un marco escolar distinto, ya sea un sistema educativo considerado más flexible, una pedagogía alternativa o un entorno percibido como más favorable para el bienestar del niño. Repasamos esta tendencia.

Cuando la escuela se convierte en un motivo para emigrar

La expatriación educativa puede adoptar formas muy diversas, aunque suele partir de una idea sencilla: el sistema escolar de otro país se ajusta mejor a las expectativas de los padres y a las necesidades del niño.

En estos casos, la decisión de instalarse en el extranjero no responde, en primer lugar, a un proyecto profesional ni a un cambio de entorno, sino a la voluntad de ofrecer a los hijos un contexto educativo considerado más adecuado.

Esta "movilidad educativa" no es, además, totalmente nueva. Desde hace tiempo, algunas familias envían a sus hijos a estudiar al extranjero en internados o universidades de prestigio. Lo que distingue a la expatriación educativa es que la decisión afecta ahora a toda la familia, o a una parte de ella, y puede producirse desde los primeros años de escolarización.

Un ejemplo concreto: de Alemania a Dinamarca

Un caso que se cita con frecuencia para ilustrar la expatriación educativa es el de algunas familias alemanas que deciden trasladarse a Dinamarca para la escolarización de sus hijos.

En la tierra de Goethe, la ley impone, como en muchos países, la escolarización obligatoria desde los seis años. Pero esta debe realizarse en un centro físico acreditado. La educación en casa solo se autoriza de forma excepcional y temporal, ya que las autoridades consideran que no favorece la socialización.

Esta normativa explica por qué algunas familias deciden cruzar la frontera hacia Dinamarca. En un reportaje dedicado a este fenómeno, la revista Courrier international, que se hace eco de una investigación del diario alemán Der Spiegel, cuenta la historia de la familia Betz. Contrarios al sistema escolar alemán, los padres decidieron abandonar su país e instalarse en Padborg, en Dinamarca, a menos de un kilómetro de la frontera. «Somos refugiados escolares», afirma la madre. «Sencillamente, ya no encajábamos en el sistema escolar alemán».

En Dinamarca, la Constitución no obliga a asistir a una escuela presencial. Los padres pueden encargarse ellos mismos de la educación de sus hijos, siempre que garanticen un nivel de enseñanza equivalente al de la escuela pública y acepten el control de las autoridades locales. En este marco, la familia Betz educa ahora a sus dos hijos en casa.

En el sur de Jutlandia (Dinamarca), unos 200 niños reciben actualmente educación en el hogar, frente a apenas una veintena hace cinco años, y muchas de estas familias proceden de Alemania. La pandemia de Covid-19 también ha actuado como acelerador, según explica un responsable local citado en el reportaje. «Algunos disfrutaron de esa libertad y después les costó volver a las antiguas normas».

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El conocido caso de algunas familias asiáticas

En otras regiones del mundo, la expatriación educativa responde a motivaciones distintas. En China, por ejemplo, algunas familias optan por enviar a sus hijos a estudiar al extranjero para alejarlos de la presión asociada al sistema educativo de su país.

El sistema educativo chino tiene fama por su carácter competitivo, sobre todo por el «gaokao», el examen nacional de acceso a la universidad. Esta prueba resulta determinante para entrar en las mejores universidades y ejerce una presión enorme sobre los estudiantes de bachillerato que aspiran a las instituciones más prestigiosas.

Ante esta competencia, que muchos consideran perjudicial, algunas familias prefieren apostar por una escolarización internacional. Eso sí, siempre que puedan permitírselo.

Acceder a un colegio inglés o estadounidense es el sueño de muchas familias asiáticas, que ven en ello una forma de escapar de la competencia reinante y, al mismo tiempo, abrir mejores oportunidades de estudio y de carrera.

En un reportaje del San Francisco Chronicle, Joanna Gao cuenta cómo dejó Shanghái para instalarse en California con sus dos hijos. Su objetivo era aumentar las posibilidades de entrar en una universidad estadounidense de prestigio.

«Desde un punto de vista puramente matemático, los estudiantes en Estados Unidos tienen muchas más posibilidades de acceder a una enseñanza superior de calidad que en China», explica. Antes incluso de mudarse, la familia había matriculado a los niños en un colegio internacional de Shanghái para reforzar su nivel de inglés.

En el caso de estas familias asiáticas, suele ser uno de los progenitores quien acompaña a los hijos al extranjero (generalmente la madre), mientras el otro permanece en el país de origen para trabajar. Este fenómeno se conoce como "peidu mama" (madres acompañantes), ya sea con destino a Estados Unidos, Singapur o Nueva Zelanda.

Expatriación educativa y "worldschooling"

Más allá de los ejemplos anteriores, la expatriación educativa se enmarca en una dinámica más amplia: la de unos padres cada vez más atentos a las condiciones y formas de aprendizaje de sus hijos.

Según varios estudios sobre movilidad educativa internacional, las motivaciones son múltiples y a menudo se complementan. Algunas familias buscan huir de sistemas escolares considerados demasiado estresantes, mientras que otras desean acercarse a pedagogías alternativas, como las escuelas Montessori, las escuelas democráticas o los enfoques basados en el aprendizaje por proyectos. Para otras, se trata de una auténtica inversión en el futuro académico y profesional de sus hijos, como ya hemos mencionado.

En este contexto, el desarrollo de la educación en casa y de las formas de aprendizaje alternativas desempeña un papel clave. Según el International Center for Home Education Research, estas prácticas han experimentado un crecimiento notable en muchos países en los últimos años, lo que ha alimentado el debate sobre el papel de la escuela tradicional y la libertad educativa de las familias. Esta evolución abre la puerta a formas aún más móviles y experimentales de educación.

Precisamente en esta línea se sitúa el worldschooling, que puede considerarse una forma bastante radical de expatriación educativa. Aquí, el desplazamiento ya no es solo una vía para acceder a otro sistema escolar: se convierte en el corazón mismo del proyecto educativo. Las familias viajan durante largos periodos y transforman el mundo en un aula, por así decirlo. Las experiencias vividas (descubrimientos culturales, intercambios lingüísticos, inmersión en distintos modos de vida) se convierten en los principales vehículos de aprendizaje. La educación se vuelve concreta, contextualizada y arraigada en la realidad: un yacimiento histórico sustituye, por ejemplo, a un manual, y un encuentro intercultural se convierte en una clase de idiomas… Cada entorno alimenta, de algún modo, la curiosidad y la capacidad de adaptación de los niños.

¿Y desde el punto de vista jurídico?

Detrás de estas situaciones de expatriación educativa se esconde una diferencia jurídica importante entre países: algunos imponen la obligación de instrucción, mientras que otros imponen la obligación de escolarización.

En el primer caso, el Estado exige que el niño reciba una educación y adquiera un determinado nivel de conocimientos, pero los padres pueden elegir cómo se imparte esa formación: en la escuela, en casa o en estructuras alternativas. Es el caso, por ejemplo, del Reino Unido, Irlanda o Dinamarca.

En el segundo, la ley obliga a que el niño asista a una escuela reconocida. El objetivo es garantizar un marco educativo común y favorecer la socialización de los alumnos. Es lo que ocurre en Alemania, como ya hemos comentado.

En Francia, por ejemplo, la situación se sitúa entre ambos modelos. La educación en casa sigue siendo posible, pero está muy regulada. Las familias deben obtener una autorización previa para instruir a sus hijos fuera del entorno escolar. Esta autorización solo se concede en casos concretos, como una discapacidad, un problema de salud o un proyecto pedagógico específico.

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Helena Delbecq
Sobre el autor

Licenciada por el Ministerio de Educación francés y Máster II en Política lingüística, he tenido la oportunidad de vivir en Japón y China, y actualmente resido en Alemania. Mis actividades giran en torno a la redacción, la docencia y la gestión de programas.

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