Vivir en el extranjero puede ser una experiencia muy enriquecedora para toda la familia. Descubrir una nueva cultura, aprender otro idioma, adaptarse a costumbres diferentes y, en ocasiones, a un nuevo sistema educativo supone también numerosos cambios para los niños. Sin embargo, cuando surgen dificultades escolares o estas persisten, los padres pueden enfrentarse a una situación más compleja: ¿a quién acudir para comprender mejor las necesidades y dificultades de sus hijos cuando viven a miles de kilómetros de su país de origen?
Dificultades de atención, lentitud, problemas de memoria, aprendizaje costoso de la lectura o las matemáticas, dificultades de organización, torpeza motriz, ansiedad ante el aprendizaje, desfase en las relaciones sociales… Estas señales pueden tener orígenes muy distintos. En algunos casos son pasajeras y responden al contexto; en otros, llevan a investigar un posible trastorno del neurodesarrollo (TND), como el TDAH, un trastorno específico del aprendizaje, un trastorno del desarrollo de la coordinación o un trastorno del espectro autista.
Para las familias expatriadas, sin embargo, el camino para responder a estas preguntas puede volverse considerablemente más difícil.
Cuando el idioma condiciona la evaluación
La primera dificultad suele ser lingüística.
Un niño puede estar escolarizado en un colegio francés, internacional o local, moverse a diario entre varios idiomas y, aun así, tener el francés como lengua materna o lengua dominante.
Una evaluación cognitiva o neuropsicológica no consiste simplemente en traducir preguntas de un idioma a otro. Las pruebas utilizadas están estandarizadas: las instrucciones, los materiales, las condiciones de aplicación y los baremos sirven para comparar el rendimiento del niño con el de una población de referencia.
Evaluar a un niño con herramientas que no se corresponden con su contexto lingüístico puede complicar la interpretación de los resultados. Una dificultad de comprensión del idioma en que se realiza la evaluación no debe confundirse con una dificultad cognitiva, atencional o de aprendizaje.
El bilingüismo o el plurilingüismo también deben tenerse en cuenta. Hablar varios idiomas no constituye, evidentemente, ningún trastorno. Ahora bien, el recorrido lingüístico del niño, la edad a la que fue expuesto a cada lengua y los idiomas que usa en casa y en el colegio son elementos fundamentales para interpretar correctamente ciertos resultados.
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Herramientas que no siempre están disponibles en el país de acogida
La segunda dificultad tiene que ver con el acceso a los profesionales y a las herramientas de evaluación.
Según el país de residencia, las familias no siempre encuentran con facilidad un profesional hispanófono formado en evaluación neuropsicológica infantil. Y aunque lo encuentren, no necesariamente dispone de las versiones en castellano de las baterías de pruebas habitualmente utilizadas en su país de origen.
A esto se suma una gran diversidad en la organización de la atención sanitaria y en el reconocimiento de las distintas profesiones según el país. Los itinerarios para explorar un TDAH, un trastorno del espectro autista o un trastorno del aprendizaje no están organizados de la misma manera en todas partes.
Algunas familias inician entonces sus gestiones localmente, consultan en paralelo a profesionales en su país de origen o aprovechan una visita durante las vacaciones para organizar citas.
Esta logística puede convertirse en un verdadero laberinto, con a veces varios meses de distancia entre las primeras dudas y la realización de las distintas evaluaciones necesarias.
No confundir dificultades de adaptación con trastornos del neurodesarrollo
La propia expatriación es otro factor que hay que considerar.
Cambiar de país implica a veces cambiar de colegio, de lengua de enseñanza, de métodos pedagógicos, de ritmo de vida y de referencias sociales. Algunos niños atraviesan entonces un período de adaptación durante el cual sus resultados escolares pueden fluctuar.
No todas las dificultades escolares responden, por tanto, a un trastorno del neurodesarrollo.
A la inversa, atribuir sistemáticamente las dificultades al cambio de país puede llevar a retrasar la exploración de un trastorno preexistente. Un niño que ya presentaba dificultades atencionales, ejecutivas, lingüísticas o de aprendizaje antes de partir puede verlas hacerse más visibles cuando aumentan las exigencias escolares.
El reto consiste, por tanto, en situar las dificultades dentro de la historia del desarrollo completo del niño: ¿estaban presentes antes de la expatriación? ¿En varios entornos? ¿Desde cuándo? ¿Qué impacto tienen en el aprendizaje, la autonomía o la vida cotidiana?
La evaluación neuropsicológica: una pieza del puzle
Cuando está indicada, la evaluación neuropsicológica permite explorar distintas dimensiones del funcionamiento del niño: eficiencia intelectual, atención, funciones ejecutivas, memoria y determinadas habilidades implicadas en el aprendizaje, en función de la problemática detectada.
Sin embargo, no debe plantearse de forma aislada.
Comprender las dificultades de un niño requiere, por lo general, cruzar varias fuentes de información: las observaciones de los padres, los datos aportados por el colegio, la historia del desarrollo, las evaluaciones ya realizadas y, cuando es necesario, la opinión de otros profesionales de la salud.
En determinadas situaciones puede ser necesario un enfoque multidisciplinar que combine, por ejemplo, médico, logopeda, psicomotricista, terapeuta ocupacional, psicólogo o neuropsicólogo, según las dificultades identificadas.
La evaluación no debe considerarse, pues, como una mera sucesión de puntuaciones. Su valor reside sobre todo en el análisis del perfil del niño y en las recomendaciones concretas que pueden derivarse de él.
Mantener el vínculo con el centro escolar
Para una familia expatriada, hay otra pregunta esencial: ¿qué hacer con los resultados una vez realizada la evaluación?
Un informe muy detallado pero difícilmente trasladable al aula corre el riesgo de tener un alcance limitado. Por eso, el vínculo con el centro escolar es especialmente importante.
Cuando el niño asiste a un colegio internacional en el extranjero, las conclusiones deben poder ser comprendidas por el equipo docente y contribuir, cuando proceda, a la reflexión sobre las adaptaciones escolares necesarias.
Tiempo adicional, reducción de la cantidad de copia, fragmentación de las instrucciones, apoyos visuales, adaptación del volumen de trabajo, ayuda con la organización o una ubicación específica en el aula: las recomendaciones dependen, ante todo, del perfil individual del niño.
El diálogo entre la familia, el colegio y los profesionales también permite evitar una dificultad frecuente: acumular varias evaluaciones realizadas en distintos países y en distintos momentos, sin verdadera continuidad entre ellas.
Cuando la expatriación está prevista y el niño ya recibe seguimiento en el país de origen, puede ser útil adelantar ciertas gestiones antes de la partida.
Conservar los informes y evaluaciones anteriores, pedir los datos de contacto de los profesionales que han acompañado al niño, reunir los documentos escolares importantes y transmitir a la nueva escuela la información relevante facilita considerablemente la continuidad del proceso.
Para las familias que ya están instaladas en el extranjero, también puede ser útil acudir en primer lugar al centro escolar. Los equipos docentes conocen a veces profesionales francófonos que ejercen localmente o los recursos disponibles en el país.
La teleconsulta puede, además, facilitar ciertas entrevistas, intercambios con los padres o sesiones de coordinación. No obstante, no todas las evaluaciones estandarizadas pueden trasladarse a distancia en las mismas condiciones. El formato de aplicación debe verificarse siempre en función de las herramientas utilizadas y del objetivo de la evaluación.
Hacia nuevas formas de acompañamiento para las familias expatriadas
La creciente movilidad de las familias lleva progresivamente a los profesionales a plantearse nuevas modalidades de acompañamiento.
Entre ellas figura la posibilidad de que algunos profesionales se desplacen puntualmente al extranjero para realizar evaluaciones in situ, en coordinación con las familias y los centros escolares, siempre que el marco regulatorio del país en cuestión lo permita.
Esta iniciativa refleja una evolución más amplia: en lugar de pedir sistemáticamente a las familias que regresen a su país de origen para acceder a determinados profesionales o herramientas, empieza a ser posible imaginar una parte del acompañamiento más cerca del lugar donde vive el niño.
Estas intervenciones no sustituyen, evidentemente, ni a los profesionales locales ni a los itinerarios médicos necesarios cuando hay que establecer un diagnóstico. Sí pueden, en cambio, contribuir a tender puentes entre distintos sistemas de atención y de educación.
Una cuestión que va más allá del diagnóstico
Para las familias, la pregunta no es, en el fondo, únicamente si se obtiene o no un diagnóstico.
El objetivo es, ante todo, entender por qué un niño tiene dificultades, identificar sus puntos fuertes y sus fragilidades, y determinar qué puede ayudarle concretamente en su escolaridad y en su día a día.
En un contexto de expatriación, este proceso requiere a veces una mayor coordinación, ya que varios idiomas, varios sistemas escolares y varios marcos profesionales pueden confluir alrededor de un mismo niño.
El reto de los próximos años será, probablemente, facilitar estos puentes para que la movilidad geográfica de las familias no se convierta, para los niños con dificultades escolares o un trastorno del neurodesarrollo, en un obstáculo más en el acceso a una evaluación adecuada.