
Ser hijo de expatriados supone aprender desde muy pronto a moverse entre varios mundos. Algunos encuentran en ello un enriquecimiento; otros, una fuente de dudas: ¿quién soy realmente? ¿Dónde encajo? Para los padres, acompañar esta construcción identitaria puede convertirse en un verdadero quebradero de cabeza, sobre todo cuando las referencias se difuminan entre el hogar, la escuela, el país de origen y el de acogida. Cécile Solar, coach certificada y coautora de las guías Objectif Orientation publicadas por Hachette, nos ayuda a comprender mejor lo que viven estos niños «entre dos culturas». Comparte consejos concretos y accesibles para apoyarlos en la construcción de una identidad sólida.
Cécile Solar, ¿podría presentarse brevemente?
Soy coach profesional certificada para familias que viven en el extranjero y coach de jóvenes.
Tras una primera carrera en la enseñanza superior y la vida estudiantil en el seno de una colectividad territorial del sur de Francia, viví la expatriación hacia Alemania hace 19 años. Yo misma atravesé los cuestionamientos relacionados con la movilidad, la maternidad, la identidad y la pertenencia.
Hoy en día, acompaño a los jóvenes francófonos y a sus padres a vivir mejor estas transiciones, a reforzar la confianza en sí mismos y a encontrar un equilibrio entre sus diferentes culturas.
Esta situación de «pérdida de identidad» en los niños expatriados, ¿es frecuente?
Sí, es una experiencia bastante común, sobre todo en ciertos momentos clave como la entrada en la adolescencia, un cambio de país o un regreso al país de origen después de varios años en el extranjero.
Estos niños, a los que a veces se les llama «TCK» (Third Culture Kids o niños de tercera cultura), crecen entre varios mundos sin pertenecer completamente a ninguno de ellos. Pueden decir: «Soy de todas partes y de ninguna a la vez».
Acompañé, por ejemplo, a una adolescente franco-alemana que ya no sabía en qué idioma pensar. Me decía: «Hablo francés en casa, alemán en el colegio, pero no sé lo que quiero, sea cual sea el idioma que use».
No era ni un problema de vocabulario ni de confusión, sino una verdadera búsqueda de sentido: «¿Quién soy, si no me reconozco completamente en ninguno de los dos universos?».
¿Qué provoca, en su opinión, este sentimiento de pérdida de identidad en los niños que viven en el extranjero?
Varios factores pueden combinarse:
La movilidad geográfica
Cambiar frecuentemente de entorno obliga al niño a reinventarse constantemente, a veces en detrimento de una continuidad en sus referencias. En la adolescencia, es vital sentirse parte de un grupo, ser reconocido por sus iguales. Pero resulta difícil cuando no se tienen los códigos.
La diferencia cultural
Los niños y adolescentes se dan cuenta muy pronto de que «no hacen todo exactamente como los demás»; no se sienten ni de aquí ni de allá.
Las expectativas parentales
A veces, los padres quieren preservar una cultura de origen, mientras que el niño intenta integrarse en la del país de acogida: un conflicto interno que puede generar un sentimiento de doble lealtad.
El idioma
También desempeña un papel importante: estructura el pensamiento y las emociones. Cuando un niño se expresa mejor en el idioma del colegio que en el de casa, puede tener la impresión de ya no pertenecer realmente a su familia, o viceversa.
¿Existen señales de alerta que los padres podrían detectar cuando su hijo parece tener dificultades para construirse?
Sí, algunas señales pueden indicar un malestar identitario:
- Un aislamiento social o una dificultad para sentirse a gusto en un grupo;
- Cambios de comportamiento, por ejemplo un rechazo repentino del idioma o de la cultura familiar;
- Frases reveladoras: «No sé quién soy», «No soy como los demás», «Quiero volver»;
- O también, en la adolescencia, una fuerte necesidad de ruptura con el entorno familiar para «redefinirse solo».
Estas señales no son alarmantes en sí mismas, pero merecen ser escuchadas sin juzgar. A menudo reflejan una fase de construcción identitaria en movimiento, ya de por sí propia de la adolescencia pero amplificada por la expatriación.
¿Qué comportamientos o actitudes parentales pueden ayudar al niño a sentirse arraigado a pesar de la movilidad?
Existe un proverbio judío citado a menudo en el contexto de la educación: «Solo se pueden dar dos cosas a los hijos: raíces y alas». Esta frase resume maravillosamente la esencia de la crianza, y muy especialmente la de las familias expatriadas. Dar raíces es ofrecer al niño una base sólida: una historia, unos valores, un sentimiento de pertenencia que lo conecte con algo estable, incluso cuando todo a su alrededor cambia. Dar alas es permitirle abrirse al mundo, explorar, atreverse y trazar su propio camino, sin temer perderse.
En la vida cotidiana, esto puede traducirse en varias actitudes:
- Valorar todas las culturas presentes en la familia, destacando la riqueza de la diversidad en lugar de las diferencias.
- Crear referencias estables a través de rituales, tradiciones o hábitos familiares, sin importar el país donde se viva.
- Acoger las emociones relacionadas con las transiciones (la tristeza, la nostalgia, el enfado), sin minimizarlas.
- Fomentar la autonomía y la curiosidad, para que el niño se sienta libre de explorar su entorno y de apropiarse de cada nueva experiencia.
- Y por último, hablar abiertamente de la multiplicidad identitaria: recordarle que puede pertenecer a varios mundos a la vez, y que esta pluralidad es una riqueza, no una contradicción.
Así, los padres se convierten a la vez en guardianes de las raíces y en quienes dan alas, ayudando a su hijo a arraigarse interiormente mientras se lanza con confianza hacia el mundo.
Y a la inversa, ¿qué errores involuntarios deberían evitar los padres?
Ciertas actitudes bien intencionadas pueden reforzar la confusión:
- Idealizar el país de origen («En España, es mejor…») o al contrario denigrar el país de acogida, lo que crea un conflicto de lealtad.
- Minimizar la vivencia del niño: decirle «Tienes suerte de vivir en el extranjero, no te quejes» impide expresar un malestar legítimo.
- Querer a toda costa mantener una identidad «pura» («Eres español ante todo»), cuando el niño se siente múltiple.
- Se trata más bien de dejarle la libertad de ser una mezcla, sin tener que elegir un bando.
¿Existen herramientas o enfoques específicos que podría recomendar para ayudar al niño en esta construcción?
Sí, varios enfoques pueden ser muy eficaces:
- Los rituales familiares: una noche de «comida del país», un álbum de los lugares de vida, un mapa del mundo donde se tracen juntos las mudanzas.
- Las prácticas narrativas, como el Árbol de la vida, que utilizo a menudo en coaching. Esta herramienta permite al niño contar su trayectoria, sus raíces y sus fortalezas a través de una metáfora positiva.
- El diario o la fotografía: invitar al joven a crear un cuaderno de recuerdos o una «línea del tiempo» de sus experiencias.
- Y en algunos casos, un acompañamiento profesional (coach o psicólogo formado en lo intercultural) puede ayudar a poner palabras a esta vivencia singular.
A largo plazo, ¿en qué puede convertirse en una fortaleza para el niño el hecho de haber crecido entre varias culturas?
¡Es una inmensa riqueza, tanto a nivel personal como profesional! Los niños que crecen entre varias culturas suelen desarrollar:
- una gran adaptabilidad y una apertura de mente natural;
- una inteligencia emocional e intercultural muy fina;
- una capacidad para tender puentes entre mundos distintos y entender múltiples puntos de vista.
Si son acompañados en el reconocimiento de su singularidad, estos jóvenes se convierten a menudo en adultos seguros de sí mismos, empáticos y curiosos, capaces de desenvolverse en entornos variados.
Su identidad es múltiple, pero sólida porque han aprendido que se puede pertenecer a varios mundos sin perderse.



















